Uñas

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El 27 de enero de 2010 falleció el escritor estadounidense J. D. Salinger. Cuando algo así sucede, las librerías se llenan de reediciones, los periódicos de reportajes, los telediarios de emotivos homenajes y todo el mundo siente la imperiosa necesidad de leer algo del fallecido —puede sonar triste pero es así.  Por esas fechas, estaba yo inmerso en la titánica lectura de La broma infinita de David Foster Wallace, libro que algunos, como en el caso del blog El lamento de Portnoy consideran el nuevo El guardián entre el centeno. Si uno se para a pensarlo, es posible que esta afirmación no sea del todo descabellada:

“¡Pregunta!: Por 25 céntimos de euro, títulos de novelas en la que dos personajes conversen mientras uno de ellos se corta las uñas: El guardián entre el centeno… La broma infinita…

¡TIEMPO!

50 céntimos

Reconozco la valentía de Wallace si en realidad La broma infinita es un intento de reescritura de El guardián entre el centeno.”

Fragmento del blog: El lamento de Portnoy. 2010.

¡Y premio también para el blog de El lamento de Portnoy, donde saben disfrutar de las intertextualidades y los temblores que se dejan notar justo antes del terremoto!

Por si alguien cree que estos 50 céntimos de premio no son merecidos:

“—¡El gran Stradlater! —dijo Ackley—. Oye, déjame tus tijeras un segundo, ¿quieres? ¿Las tienes a mano?
—No. Las he metido ya en la maleta. Están en lo más alto del armario.
—Déjamelas un segundo, ¿quieres? —dijo Ackley—. Quiero cortarme un padrastro.
Le tenía sin cuidado que uno las tuviera en la maleta y en lo más
alto del armario. Fui a dárselas y al hacerlo por poco me mato. En el momento en que abrí la puerta del armario se me cayó en plena cabeza la raqueta de tenis de Stradlater con su prensa y todo. Sonó un golpe seco y además me hizo un daño horroroso. Pero a Ackley le hizo una gracia horrorosa y empezó a reírse como un loco, con esa risa de falsete que sacaba a veces. No paró de reírse todo el tiempo que tardé en bajar la maleta y sacar las tijeras. Ese tipo de cosas como que a un tío le pegaran una pedrada en la cabeza, le hacían desternillarse de risa.
—Tienes un sentido del humor finísimo, Ackley, tesoro —le dije—. ¿Lo sabías? —le di las tijeras—. Si me dejaras ser tu agente, te metería de locutor en la radio.
Volví a sentarme en el sillón y él empezó a cortarse esas uñas enormes que tenía, duras como garras.
—¿Y si lo hicieras encima de la mesa? —le dije—. Córtatelas sobre la mesa, ¿quieres? No tengo ganas de clavármelas esta noche cuando ande por ahí descalzo.
Pero él siguió dejándolas caer al suelo. ¡Vaya modales que tenía el tío! Era un caso.
—¿Con quién ha salido Stradlater? —dijo. Aunque le odiaba a muerte siempre estaba llevándole la cuenta de con quién salía y con quién no.
—No lo sé. ¿Por qué?
—Por nada. ¡Jo! No aguanto a ese cabrón. Es que no le trago.
—Pues él en cambio te adora. Me ha dicho que eres un encanto.
Cuando me da por hacer el indio, llamo «encanto» a todo el

Cortaúñas

Cuestión de puntería

mundo. Lo hago por no aburrirme.
—Siempre con esos aires de superioridad… —dijo Ackley—. No le soporto. Cualquiera diría…
—¿Te importaría cortarte las uñas encima de la mesa, oye? Te lo he dicho ya como cincuenta…
—Y siempre dándoselas de listo —siguió Ackley—. Yo creo que ni siquiera es inteligente. Pero él se lo tiene creído. Se cree el tío más listo de…
—¡Ackley! ¡Por Dios vivo! ¿Quieres cortarte las uñas encima de la mesa? Te lo he dicho ya como cincuenta veces.
Por fin me hizo caso. La única forma de que hiciera lo que uno le decía era gritarle.”

J. D. Salinger. El guardián entre el centeno. 1951.

“El teléfono transparente sonó en algún sitio bajo la montaña de ropa de cama mientras Hal estaba sentado en el borde con una pierna levantada y el mentón contra la rodilla cortándose las uñas y tirándolas en un cubo a varios metros de distancia, en medio de la habitación. Sonó cuatro veces antes de que lo encontrara bajo las mantas y desplegara la antena.
—Humm… hola.
—Señor Incredenza, soy de la Comisión de Aguas Residuales de Enfield y, francamente, estamos hartos de sus cagadas.
—Hola, Orin.
—¿Qué pasa, muchacho?
—Oh, no, por favor. Basta de esas preguntas sobre separatismo.
—Tranquilo. Ni siquiera se me ha ocurrido. Es una llamada social. Para ver como van las cosas.
—Es inresante que me hayas llamado en este momento. Porque me estoy cortando las uñas y encestándolas en un cubo a varios metros de distancia.
—Santo cielo, sabes cómo odio el ruido de los cortaúñas.
—Pero encesto más del setenta por ciento. Los trocitos de uñas. Es asombroso. Quiero salir fuera y buscar a alguien para que lo vea. Pero no quiero romper el embrujo.(…)
(…)—Puedo oír ese cortauñas. Déjate de cortar un momento.
—Ya ni siquiera tengo el teléfono entre el hombro y la mejilla. Ahora puedo cortarme las uñas con una sola mano y coger el teléfono con la otra, pero sigue siendo el mismo pie.(…)
(…)—Sigo paralizado. La inhibición que destruye la magia se agrava por momentos. Por esa razón, Pemulis y Troeltsch siempre se dejan llevar la delantera. Sucede que uno se pones tenso. El cortaúñas está listo, con ambos filos a cada lado de la uña. Y no consigo alcanzar la inconsciencia de apretar de verdad. Tal vez se debe a haber levantado los pocos trocitos que cayeron al suelo. De improviso, la cesta parece distante y muy pequeña. Perdí la magia la hablar de ella en vez de entregarme a ella. Ahora lanzar la uña hacia la cesta parece un ejercicio de telemaquia.”

David Foster Wallace. La broma infinita. 1999.

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Acerca de Señor W.

Del temblor al terremoto. Contacto: esperandoelterremoto@gmail.com
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4 respuestas a Uñas

  1. Una situación tan cotidiana que muchas veces se pasa por alto en la literatura… como tantas otras. Parece que ni Salinger ni Foster lo han hecho.

    Un saludo.

    • Señor W. dijo:

      Puede parecer que las cosas cotidianas se pasan por alto generalmente en la literatura, eso sí, los autores que se especializan en las cosas del día a día, en aquello que puede parecer poco importante suelen dejarnos grandes páginas de genialidad. Me vienen ahora a la cabeza, por ejemplo, autores como Marcel Proust o Julio Cortazar; también poetas como Luis García Montero.

      Saludos.

  2. Patricia Palacios dijo:

    Es lo único que me da dentera en este mundo, no se si podría leer estas páginas sin que se me erizara la piel al pensar en el sonido del cortaúñas…Igual que ahora!!

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