Vidas tristes (parte II)

Dignidad Laboral

El trabajo dignifica. Fotografía de Arte Chileno Independiente. Bajo licencia de Creative Commons.

Como ya se mencionó el la primera parte: Si alguna vez pensaste que tu vida era triste, ¡consuelate!, siempre habrá alguien con una vida peor aún.

En esta ocasión nos encontramos con un libro de marcado carácter autobiográfico, lo que da más sentido a este repaso por las vidas tristes, —y la vida de Amélie es triste, muy triste. Ella es una occidental en medio de Tokio que ha conseguido trabajo en una importante compañía japonesa. A pesar de sus conocimientos y del dominio del idioma su trabajo deberá empezar desde lo más bajo del la pirámide empresarial: entra como contable, pero sus tareas son servir café, cambiar el día de los calendarios de sus compañeros, hacer fotocopias y un sin fin de actividades repetitivas y humillantes que lejos de hacerla ascender, la precipitan en picado hacia lo más bajo de la dignidad humana. Y es que Amélie tiene un problema mayor que el de ser occidental en un país treméndamente jerarquizado: ella es una mujer.

Así nos cuenta la protagonista como es la vida de las mujeres niponas:

“No: si por algo merece ser admirada la japonesa -y merece serlo- es porque no se suicida. Conspiran contra su ideal desde su más tierna infancia. Moldean su cerebro: «Si a los veinticinco años todavía no te has casado, tendrás una buena razón para sentirte avergonzada», «si sonríes perderás tu distinción», «si tu rostro expresa algún sentimiento, te convertirás en una persona vulgar», «si mencionas la existencia de un solo pelo sobre tu cuerpo, te convertirás en un ser inmundo», «si, en público, un muchacho te da un beso en la mejilla, eres una puta », «si disfrutas comiendo, eres una cerda», «si dormir te produce placer, eres una vaca», etc. Estos preceptos resultarían anecdóticos si no la emprendieran también con la mente.
Porque, en resumidas cuentas, la estocada que, a través de todos estos dogmas incongruentes, se ha asestado a la nipona es que nada bueno debe esperar de la vida. No aspires a disfrutar porque tu placer te destruirá. No aspires a enamorarte porque no mereces que nadie se enamore de ti: los que te amarían te amarían por tu apariencia, nunca por lo que eres. No esperes que la vida te dé algo, porque cada año que pase te quitará algo. Ni siquiera aspires a una cosa tan sencilla como alcanzar la tranquilidad, porque no tienes ningún motivo para estar tranquila. Aspira a trabajar. Teniendo en cuenta tu sexo, existen pocas posibilidades de que puedas labrarte una buena educación, pero aspira a servir a tu empresa. Trabajar te hará ganar dinero, el cual no te proporcionará ninguna alegría pero al que eventualmente podrás recurrir, en caso de matrimonio, por ejemplo -porque no serás tan estúpida como para creer que alguien pueda interesarte por ti únicamente por tu valor intrínseco…
Aparte de esto, puedes aspirar a llegar a vieja, lo que, no obstante, carece de interés, y a no conocer el deshonor, lo que constituye un fin en sí mismo. Aquí termina la lista de tus lícitas esperanzas.
Y aquí empieza la interminable procesión de tus estériles deberes. Deberás ser irreprochable, por la simple razón de que es lo mínimo a lo que se puede aspirar. Ser irreprochable sólo te reportará el ser irreprochable, lo que no constituye ni un orgullo ni mucho menos una fuente de placer.
Me resultaría imposible enumerar todas tus obligaciones, ya que no existe ni un minuto de tu vida que no esté regido por alguna de ellas. Por ejemplo, incluso cuando estés aislada en un retrete por la humilde necesidad de liberar tu vejiga, tendrás la obligación de vigilar que nadie pueda escuchar la melodía de tu arroyo: así pues, deberás tirar de la cadena sin cesar.
Cito este ejemplo para que comprendas lo siguiente: si incluso dominios tan íntimos e insignificantes de tu existencia están sometidos a mandamientos, piensa, con mayor razón, en la amplitud de las obligaciones que pesarán sobre los momentos más esenciales de tu vida.
(…) En Japón, es sabido que el suicidio constituye un acto de gran honor. Y no se te ocurra pensar que el más allá es uno de esos alegres paraísos descritos por los simpáticos occidentales. Nada es tan estupendo en el otro lado. Para compensar, piensa en lo que realmente merece la pena: tu reputación póstuma. Si te suicidas, tu reputación será deslumbrante y se convertirá en el orgullo de tus allegados. Ocuparás un lugar de honor en el panteón familiar: ésa constituye la mayor esperanza que puede albergar un ser humano.
También puedes no suicidarte, es cierto. Pero entonces, tarde o temprano, no lo resistirás y cometerás cualquier deshonor: tendrás un amante, o te harás bulímica, o te volverás perezosa, vete tú a saber.”

Amélie Nothomb. Estupor y temblores. 1999.

*Enlace de la fotografía: Arte Chileno Independiente. Licencia de distribución C.C.

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Acerca de Señor W.

Del temblor al terremoto. Contacto: esperandoelterremoto@gmail.com
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7 respuestas a Vidas tristes (parte II)

  1. Patricia Palacios dijo:

    Si triste, pero a veces no se aleja tanto de la realidad occidental y sobre todo dentro del mundo de las grandes empresas.Aqui, a las mujeres también se nos valora, primero, por la imagen, y después ya veremos.En muchos casos ni siquiera se espera al ya veremos, si la imagen es la adecuada!!

    • Señor W. dijo:

      Tienes razón. Hay algunas cosas que son generales y rompen las barreras interculturales. Tristemente esta es una de esas. Quizá la sociedad occidental no sea tan cerrada y cuadriculada en cuanto a valores, pero el tema de la discriminación puede llegar a ser muy cruel por el simple hecho de estar más camuflado bajo un manto de falsa igualdad.
      Gracias por el comentario.
      🙂

  2. minicarver dijo:

    Triste realidad de una sociedad en donde la mujer tiene un accionar copado por los hombres. La protagonista se encuentra en una cultura ajena y sola. Por cierto se hizo la versión cinematográfica. saludos

  3. Pingback: Vidas tristes (parte III) | ESPERANDO EL TERREMOTO

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