La Gran Ola

“Procedente de todos los rincones de la isla, el cielo se cubrió de una explosión de pájaros como nubes de abejas. Pinzones, patos y aves zancudas se alzaron de los arbustos y llenaron el cielo de pánico y plumas. Algunas de las aves más grandes volaron hacia el mar, pero la mayoría de ellas se limitaron a volar en círculos, como si estuvieran demasiado aterradas para quedarse, pero no tuvieran adonde ir.

Mau anduvo entre ellas mientras bajaba a la playa. Alas relucientes lo rebasaban a la altura del rostro como una exhalación, y hubiese sido un hermoso espectáculo de no haber sido porque cada una de aquellas aves aprovechaba la oportunidad para ciscársele encima a conciencia. Cuando hay prisa, ¿qué sentido tiene llevar lastre innecesario?

Algo no marchaba bien. Lo percibía en el ambiente, en la calma repentina, en el modo en que algo muy pesado parecía presionar de pronto al mundo.

Y ese algo alcanzó entonces a Mau, tumbándolo cuan largo era sobre la arena. Su cabeza parecía querer explotar. Era incluso peor que aquella vez que jugó al juego de las piedras y estuvo colgado demasiado tiempo. Algo tiraba hacia abajo del mundo como una gigantesca piedra gris.

Entonces el dolor desapareció tan pronto como había llegado, como un zumbido, dejándolo ahogado, aturdido. Las aves no dejaron de sobrevolarlo.

Mientras Mau se ponía en pie con dificultad, lo único que sabía era que ya no quedaba un lugar seguro en el mundo, y aunque era lo único que sabía, al menos era consciente de ello hasta la punta de la uña del pie.

El trueno retumbó en el cielo despejado, una descarga que hizo que todo temblara más allá del horizonte. Mau caminó cojeando hacia la diminuta laguna mientras el estruendo agonizaba, y allí encontró la canoa aguardándolo en la arena blanca de la orilla. Sin embargo, el agua, por lo general mansa, era como si… danzara, pues bailaba como lo hace el agua bajo una fuerte lluvia, aunque no cayera lluvia alguna.

Tenía que marcharse. La canoa se deslizó sin apenas resistencia hasta flotar en el agua, y remó frenético hacia el hueco del arrecife que conducía a mar abierto. Cayó en la cuenta de que debajo de él, en torno a él, los peces hacían lo mismo.

El sonido se prolongó, como algo sólido, restallando en el ambiente, quebrándolo. Llenó por completo el cielo. Para Mau fue como una bofetada gigante en los oídos. Intentó aumentar el ritmo al que bogaba con el canalete, cuando de pronto se le ocurrió pensar que los animales huían. Su padre se lo había dicho en una ocasión. Los muchachos huyen, los hombres no. El hombre se vuelve para encarar a su enemigo, para ver lo que hace y encontrar su punto débil.

Dejó que la canoa se deslizara fuera de la laguna y luego se dejó arrastrar por el oleaje hasta el océano. Entonces se volvió para mirar atrás, como un hombre.

El horizonte se había convertido en una inmensa nube, inquieta y en continuo ascenso, llena de fuego y relámpagos y aullidos como en una pesadilla.

Una ola descargó sobre el coral, lo cual no pudo extrañarle más. Mau conocía el mar, y había algo raro en él. La isla de los Muchachos quedaba atrás porque la fuerte corriente lo arrastraba hacia el frente tormentoso. Era como si el horizonte se estuviese bebiendo el mar.

Un hombre mira a la cara a su enemigo, de acuerdo, pero a veces le da la espalda y echa a remar como loco.

No sirvió de nada. El mar se deslizaba bajo la canoa, y luego volvió a bailar como el agua de la laguna. Mau, que intentaba pensar con claridad, hizo el esfuerzo de mantener la canoa bajo control.

(…)La nube se alzaba hacia la parte superior del firmamento, pero había algo nuevo a nivel del mar. Era una línea gris oscuro que cada vez se hacía más y más grande. ¿Una ola? Bueno, al menos de olas sí sabía alguna que otra cosa. Mejor atacarlas antes de que ellas te ataquen a ti. Había aprendido a jugar con ellas. A no permitir que le hicieran volcar. A utilizarlas. Las olas se dejan.

Aunque ésa en concreto no actuaba como las olas normales que había en la embocadura del arrecife. Era como si se hubiera alzado para después quedarse quieta.

La observó con atención, hasta que finalmente comprendió lo que veía. Daba la impresión de haberse alzado porque era una ola enorme que se encontraba a mucha distancia y se desplazaba a gran velocidad, arrastrando la negra noche tras de sí.

Muy de prisa, y cada vez más cerca. Claro que no era una ola. Era demasiado grande. Más bien una montaña de agua con un sinfín de relámpagos que jugueteaban en la cima. Se cernió, rugió y levantó la canoa como si fuera una simple mosca.

Planeando sobre la espumosa cima de la ola, Mau hundió el canalete bajo la enredadera con que había amarrado la batanga y se aferró con fuerza cuando…

***

Llovía. Era una lluvia densa y cargada de fango, de ceniza y tristeza. Mau despertó de un sueño donde alguien preparaba cerdo asado y los hombres lo vitoreaban, y abrió los ojos bajo un cielo gris.

Entonces se mareó.

(…)Le dolía todo el cuerpo. Notaba algo pegajoso en la cabeza, y al cabo descubrió que se trataba de sangre. Debía de haberse golpeado con el costado de la canoa, lo que no era nada sorprendente. El rato que había estado cabalgando la ola era un recuerdo lleno de golpes y rozaduras, la clase de sueño del que uno se alegra de despertar. De lo único de que fue capaz fue de mantenerse aferrado al canalete.

Se formó un túnel en el agua, como una cueva móvil de aire en la ola gigante, y después hubo una tormenta de oleaje cuando la canoa salió del agua como un delfín. Habría jurado que saltó en el aire. ¡Y oyó cánticos! Los oyó durante escasos segundos, mientras la canoa descendía por la pendiente posterior de la ola. Debió de ser un dios, o quizá un demonio…, o puede que no fuese otra cosa que lo que se oye en el interior de la cabeza cuando medio vuelas y medio te ahogas, en un mundo donde el agua y el aire se intercambian su lugar cada segundo.

(…)Y su casa estaba… ¿dónde? No podía ver la isla de los Muchachos. No podía ver el cielo. No había islas. Pero un horizonte estaba más despejado que el otro. El sol se ponía por allí, en alguna parte. La noche anterior había visto ponerse el sol sobre la Nación. Ese debía de ser el camino. Empezó a remar, atento al horizonte despejado.”

Terry Pratchett. Nación. 2010.

Mucho se está escribiendo sobre el tsunami de Japón. Mucho se escribió en el pasado sobre los fenómenos que asolaron esta isla en una cultura repleta de alusiones al desastre. Mucho se escribirá. Pero somos débiles de memoria, nos gusta mirar hacia delante y seguir colocándonos en lo más alto de nuestra pirámide evolutiva y no somos altos, ni grandes, y mucho menos superiores. A pesar de todo seguimos considerándonos un punto de referencia, ¿frente a qué?, ¿frente a quién?, esa es mi pregunta. Son muchos los mensajes que nos llegan y como necios no escuchamos. ¿Qué controlamos cuando no controlamos nada?.

(Ilustración: La gran ola de Kanagawa, Katsushika Hokusai. 1830-33.)
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Acerca de Señor W.

Del temblor al terremoto. Contacto: esperandoelterremoto@gmail.com
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3 respuestas a La Gran Ola

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  2. Pingback: Articulo Indexado en la Blogosfera de Sysmaya

  3. minicarver dijo:

    La gran ola está por venir, ya viene en camino.

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