Venus Muriendo (parte XV)


Venus Muriendo XV

Esta flor, tarde o temprano,

en pos de Onán irá servida

-mujer álbum de fotos-

sobre el lienzo de mis manos.

Al amor guirnaldas

cuando ya no quede más remedio

que algo negro como premio

y un recurso de bostezos, un eclipse

de los sueños. Tanto tiempo

versos locos que se sueñan a sí mismos

junto al sopor de los tejados.

w.

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La Gran Ola


“Procedente de todos los rincones de la isla, el cielo se cubrió de una explosión de pájaros como nubes de abejas. Pinzones, patos y aves zancudas se alzaron de los arbustos y llenaron el cielo de pánico y plumas. Algunas de las aves más grandes volaron hacia el mar, pero la mayoría de ellas se limitaron a volar en círculos, como si estuvieran demasiado aterradas para quedarse, pero no tuvieran adonde ir.

Mau anduvo entre ellas mientras bajaba a la playa. Alas relucientes lo rebasaban a la altura del rostro como una exhalación, y hubiese sido un hermoso espectáculo de no haber sido porque cada una de aquellas aves aprovechaba la oportunidad para ciscársele encima a conciencia. Cuando hay prisa, ¿qué sentido tiene llevar lastre innecesario?

Algo no marchaba bien. Lo percibía en el ambiente, en la calma repentina, en el modo en que algo muy pesado parecía presionar de pronto al mundo.

Y ese algo alcanzó entonces a Mau, tumbándolo cuan largo era sobre la arena. Su cabeza parecía querer explotar. Era incluso peor que aquella vez que jugó al juego de las piedras y estuvo colgado demasiado tiempo. Algo tiraba hacia abajo del mundo como una gigantesca piedra gris.

Entonces el dolor desapareció tan pronto como había llegado, como un zumbido, dejándolo ahogado, aturdido. Las aves no dejaron de sobrevolarlo.

Mientras Mau se ponía en pie con dificultad, lo único que sabía era que ya no quedaba un lugar seguro en el mundo, y aunque era lo único que sabía, al menos era consciente de ello hasta la punta de la uña del pie.

El trueno retumbó en el cielo despejado, una descarga que hizo que todo temblara más allá del horizonte. Mau caminó cojeando hacia la diminuta laguna mientras el estruendo agonizaba, y allí encontró la canoa aguardándolo en la arena blanca de la orilla. Sin embargo, el agua, por lo general mansa, era como si… danzara, pues bailaba como lo hace el agua bajo una fuerte lluvia, aunque no cayera lluvia alguna.

Tenía que marcharse. La canoa se deslizó sin apenas resistencia hasta flotar en el agua, y remó frenético hacia el hueco del arrecife que conducía a mar abierto. Cayó en la cuenta de que debajo de él, en torno a él, los peces hacían lo mismo.

El sonido se prolongó, como algo sólido, restallando en el ambiente, quebrándolo. Llenó por completo el cielo. Para Mau fue como una bofetada gigante en los oídos. Intentó aumentar el ritmo al que bogaba con el canalete, cuando de pronto se le ocurrió pensar que los animales huían. Su padre se lo había dicho en una ocasión. Los muchachos huyen, los hombres no. El hombre se vuelve para encarar a su enemigo, para ver lo que hace y encontrar su punto débil.

Dejó que la canoa se deslizara fuera de la laguna y luego se dejó arrastrar por el oleaje hasta el océano. Entonces se volvió para mirar atrás, como un hombre.

El horizonte se había convertido en una inmensa nube, inquieta y en continuo ascenso, llena de fuego y relámpagos y aullidos como en una pesadilla.

Una ola descargó sobre el coral, lo cual no pudo extrañarle más. Mau conocía el mar, y había algo raro en él. La isla de los Muchachos quedaba atrás porque la fuerte corriente lo arrastraba hacia el frente tormentoso. Era como si el horizonte se estuviese bebiendo el mar.

Un hombre mira a la cara a su enemigo, de acuerdo, pero a veces le da la espalda y echa a remar como loco.

No sirvió de nada. El mar se deslizaba bajo la canoa, y luego volvió a bailar como el agua de la laguna. Mau, que intentaba pensar con claridad, hizo el esfuerzo de mantener la canoa bajo control.

(…)La nube se alzaba hacia la parte superior del firmamento, pero había algo nuevo a nivel del mar. Era una línea gris oscuro que cada vez se hacía más y más grande. ¿Una ola? Bueno, al menos de olas sí sabía alguna que otra cosa. Mejor atacarlas antes de que ellas te ataquen a ti. Había aprendido a jugar con ellas. A no permitir que le hicieran volcar. A utilizarlas. Las olas se dejan.

Aunque ésa en concreto no actuaba como las olas normales que había en la embocadura del arrecife. Era como si se hubiera alzado para después quedarse quieta.

La observó con atención, hasta que finalmente comprendió lo que veía. Daba la impresión de haberse alzado porque era una ola enorme que se encontraba a mucha distancia y se desplazaba a gran velocidad, arrastrando la negra noche tras de sí.

Muy de prisa, y cada vez más cerca. Claro que no era una ola. Era demasiado grande. Más bien una montaña de agua con un sinfín de relámpagos que jugueteaban en la cima. Se cernió, rugió y levantó la canoa como si fuera una simple mosca.

Planeando sobre la espumosa cima de la ola, Mau hundió el canalete bajo la enredadera con que había amarrado la batanga y se aferró con fuerza cuando…

***

Llovía. Era una lluvia densa y cargada de fango, de ceniza y tristeza. Mau despertó de un sueño donde alguien preparaba cerdo asado y los hombres lo vitoreaban, y abrió los ojos bajo un cielo gris.

Entonces se mareó.

(…)Le dolía todo el cuerpo. Notaba algo pegajoso en la cabeza, y al cabo descubrió que se trataba de sangre. Debía de haberse golpeado con el costado de la canoa, lo que no era nada sorprendente. El rato que había estado cabalgando la ola era un recuerdo lleno de golpes y rozaduras, la clase de sueño del que uno se alegra de despertar. De lo único de que fue capaz fue de mantenerse aferrado al canalete.

Se formó un túnel en el agua, como una cueva móvil de aire en la ola gigante, y después hubo una tormenta de oleaje cuando la canoa salió del agua como un delfín. Habría jurado que saltó en el aire. ¡Y oyó cánticos! Los oyó durante escasos segundos, mientras la canoa descendía por la pendiente posterior de la ola. Debió de ser un dios, o quizá un demonio…, o puede que no fuese otra cosa que lo que se oye en el interior de la cabeza cuando medio vuelas y medio te ahogas, en un mundo donde el agua y el aire se intercambian su lugar cada segundo.

(…)Y su casa estaba… ¿dónde? No podía ver la isla de los Muchachos. No podía ver el cielo. No había islas. Pero un horizonte estaba más despejado que el otro. El sol se ponía por allí, en alguna parte. La noche anterior había visto ponerse el sol sobre la Nación. Ese debía de ser el camino. Empezó a remar, atento al horizonte despejado.”

Terry Pratchett. Nación. 2010.

Mucho se está escribiendo sobre el tsunami de Japón. Mucho se escribió en el pasado sobre los fenómenos que asolaron esta isla en una cultura repleta de alusiones al desastre. Mucho se escribirá. Pero somos débiles de memoria, nos gusta mirar hacia delante y seguir colocándonos en lo más alto de nuestra pirámide evolutiva y no somos altos, ni grandes, y mucho menos superiores. A pesar de todo seguimos considerándonos un punto de referencia, ¿frente a qué?, ¿frente a quién?, esa es mi pregunta. Son muchos los mensajes que nos llegan y como necios no escuchamos. ¿Qué controlamos cuando no controlamos nada?.

(Ilustración: La gran ola de Kanagawa, Katsushika Hokusai. 1830-33.)
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Venus Muriendo (parte XIV)


Venus Muriendo XIV

De memoria me conozco los intentos,

el dominio de la inercia en manos sabias

guardianas de mis sueños, por evitar

el alzamiento y la cabeza baja con olfato

de marcado territorio, cada vez más perro

y menos amplio en mis reflejos como

hombre del discurso y devenir de las sentencias.

Sigo siendo esfuerzo en los silencios e inercia

cuando marco el tempo como senda recorrida

por escasos animales dignos de llamarse

eternos. Somos tan distintos de un minuto

a otro minuto, sin paradas entre medias y nostalgia

por el tiempo que perdemos en relojes, que perdí

por inocente, poco a poco. Más allá de las miradas,

retorno a los baúles cerrados con sonrisa seria

del que esconde, y de tanta sed, incauto. Olvidando,

alegremente, que en las manos se resumen

mis andanzas y tus versos en olvido, siempre olvido.

w.

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Venus Muriendo (parte XIII)


Venus Muriendo XIII

El frío fue el causante de tus labios rotos y mis uñas,

con paciencia de lavabo derramado, el bisturí flamante

de ese genio interno que me dice que te siga amando,

que me humilla refutando y para seguir de pie ofrece,

esas mis dos caras amables de moneda indecisa. Pero

sigo insistiendo con actitud delincuente, en el silencio

de un mal grifo que gotea, sudoroso, música de vicio

por mi esófago caníbal, con vocación de amante de tus carnes…

w.

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(Fotografía: Iain Crawford)
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Fichados


Es curioso que para ver el futuro, en este caso, tengamos que viajar al pasado, o lo que es lo mismo, en ocasiones en el pasado tenemos grandes soluciones para problemas del presente que han caído en saco roto o que simplemente no interesa aplicar por simple hipocresía. Siempre me acuerdo de esto cuando tengo que realizar algún trámite burocrático o cuando veo violada mi privacidad por parte tanto de empresas como del propio Estado. Lo peor de todo es que alguien ya encontró la solución a estos problemas y aquí seguimos, en cambio, peleando y peleando.

Viajemos, por tanto, hasta 1973 y leamos atentamente a un ilustre pensador llamado Asimov:

“La hipocresía es un fenómeno universal. Termina con la muerte, pero no antes. Cuando es consciente, repugna, pero pocos de nosotros somos hipócritas conscientes. ¡Es tan fácil inventar argumentos que hagan el caldo gordo a nuestros propios intereses y prejuicios, y encontrarlos sinceramente nobles!

(…)¿Qué decir de la hipocresía, nada distinta, de todos aquellos que hoy están en contra de la tecnología?

Sabe el cielo cuánta gente se ocupa hoy de denunciar nuestra sociedad tecnológica y todos los males que nos ha traído. Y lo hacen con una virtud auto-conciente que enmascara el hecho de que todos ellos anhelan los beneficios de esa sociedad tanto como cualquier otro. Por así decirlo, son capaces de denunciar la maquinilla eléctrica de afeitar del vecino mientras rasguean una guitarra eléctrica.

No faltan los idealistas que «vuelven a la madre tierra» y perseveran el mes o dos necesarios para que les salgan callos. Imagino que usarán palos y piedras como herramientas, despreciando los fantasiosos instrumentos metálicos manufacturados por modernos hornos y fábricas. Pero incluso así sólo son libres de hacerlo porque se aprovechan de que nuestra sociedad tecnológica puede alimentar (aunque sea imperfectamente) a miles de millones de seres humanos, y dejar todavía tierra para que los amantes de la vida llana caven en ella.

La sociedad tecnológica no le fue impuesta a la humanidad. Nació de la demanda humana de alimento abundante, calor en el invierno, fresco en el verano, menos trabajo y más juego y diversión. Por desgracia, la gente quiere esto, y además todos los hijos que les parece bien tener, y el resultado es que la tecnología, en sus mejores logros, nos ha llevado a una situación de considerable peligro.

Muy bien; hay que salir del aprieto y salvar el pellejo, ¿pero cómo? Para mí, la única respuesta posible es: a través de un uso continuado y más sabio de la tecnología. No digo que esto garantice el éxito, pero sí que ninguna otra solución funcionará.

(…)La historia de la ineptitud administrativa, del salvajismo burocrático, de todas las injusticias y tiranía del pequeño funcionariado precede con mucho a la computadora.

(…)Lo que todos veneramos es la imparcialidad a ultranza. Proclamamos que las leyes deben cumplirse sin favoritismos. Mantenemos que la ley no respeta a las personas. Si realmente lo creemos, debiéramos dar la bienvenida a las computadoras, que aplicarían las reglas de la sociedad sin ser capaces de plegarse a zalamerías ni a sobornos.

(…)¿O es que no queremos, en realidad, que se nos trate imparcialmente? Es muy probable; y por ello sospecho que la hipocresía tiene mucho que ver con el clamor contra las computadoras.

¿Perdemos nuestra individualidad en una sociedad organizada por computadoras? ¿Nos convertimos en números?

(…)El problema no es el de si codificarnos o no; el problema es el de codificarnos eficientemente.

Todo se reduce a la diferencia entre un número y un nombre. Mucha gente parece creer que el número es más vil que el nombre. Los nombres son de alguna manera personales y cariñosos, mientras que los números son impersonales y malvados.

(…)Los números son también nombres, pero nombres eficientes. Distribuidos apropiadamente, nunca se necesitarán duplicaciones. Cada número-nombre singular puede ser único en todo el espacio y tiempo terrestres. Y todos serían igualmente dóciles a la escritura y a la pronunciación.

(…)Lo único que hace falta es tener ese número archivado, que sea único, conveniente y fácilmente almacenable y manipulable por computadora. Seréis así infinitamente más personas al haber algo siempre asequible que es exclusiva e inerradicablemente vuestro, que no con un nombre sin sentido, apenas conocido por unas cuantas personas.

En realidad vivimos ya en la época del número, aunque en forma muy primitiva.

(…)Dado que la labor ha de realizarse, hagámosla menos odiosa. Tengo para mí que la salida está en crear un banco nacional de computadoras, a cargo del gobierno (inevitablemente), que registre en sus entrañas cuanta información sea posible acerca de todo individuo que resida en los Estados Unidos (o en el mundo, si alguna vez somos lo suficientemente inteligentes como para organizar un gobierno mundial).

Y no lo espero con triste resignación o con temerosa aprensión, sino con anhelo.

Me gustaría que cada persona recibiese una clave de identificación, larga y complicada, con símbolos que representen su edad, ingresos, educación, vivienda, ocupación, número de miembros de la familia, gustos particulares, posición política, preferencias sexuales, todo lo que sea concebible codificar. Me gustaría que todos estos símbolos fuesen periódicamente puestos al día, para que todo nacimiento, toda muerte, todo cambio de domicilio, todo nuevo trabajo, toda nueva calificación académica, toda detención, toda enfermedad sea constantemente registrada. Naturalmente, cualquier intento de evadir o falsificar tales símbolos sería claramente una acción antisocial, y como tal habría de ser tratada y castigada.

¿No sería una codificación así una invasión de la intimidad? Sí, desde luego, pero ¿por qué mencionarlo? Esa batalla la perdimos hace mucho tiempo. En cuanto aceptamos un impuesto sobre la renta, concedimos al gobierno el derecho a conocer ese extremo. Al insistir en que el impuesto sobre la renta fuera igualitario, admitiendo deducciones por gastos y pérdidas comerciales, por contribuciones, depreciación, y quién sabe cuántas otras cosas, hicimos necesario que el gobierno se ocupara de todo ello, que investigase cada cheque que firmamos, que observase cada comida en cada restaurante, que hojease todos nuestros registros.

No me gusta. Odio, y me sienta mal, que me traten como culpable hasta que no pruebe mí inocencia. Odio participar en una pelea desigual con una agencia que es al mismo tiempo fiscal y juez. Y, sin embargo, es necesario.

(…)Bien, ¿qué ocurriría si todos estuviéramos perfectamente codificados, y si esta codificación fuera manipulada y manejada por computadoras? Nuestra intimidad no se vería más destruida de lo que lo está, pero los efectos de esa destrucción podrían ser menos sensibles e irritantes. El Servicio de Recaudación no necesitaría estudiar nuestros registros. Tendría nuestros registros.

A mí, por mi parte, me encantaría estar en una situación en la que no pudiera de ninguna manera hacer trampas, siempre y cuando ningún otro pudiera hacerlas tampoco. Para la mayoría supondría un ahorro en impuestos.

Incluso me gustaría ver una sociedad sin dinero efectivo. Me gustaría que todo el mundo funcionara con tarjetas de crédito organizadas por computadora. Me gustaría que toda transacción, de cualesquiera naturaleza y monto, desde la compra de General Motors a la compra de un periódico, llevase aparejado el uso de esa tarjeta de crédito, con lo que el dinero sería transferido electrónicamente de una cuenta a otra.

Todo el mundo sabría en todo momento cuál era su activo. Por lo demás, el gobierno podría recibir su parte por cada transacción, y ajustar las cuentas, en más o en menos, a fin de cada año. No podríais evadir impuestos, ni os tendríais que preocupar para nada.

Isaac Asimov. La tragedia de la luna. 1973.

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Venus Muriendo (parte XII)


Venus Muriendo XII

Me sorprendí buscando en el bolsillo

tus ojos:

los tenía.

w.

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Novedades y Noticias (Octubre 2010)


La pestaña de Novedades en la parte superior del blog tiene nuevos contenidos.

A partir de ahora puedes esperar el terremoto y conocer un poco más al Señor W. desde Twitter. También analizamos el cierre de la encuesta sobre el e-book y nuevas opciones para compartir contenidos.

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